Foto: Mauricio Bernal
Esa tranquilidad, la de su trabajo universitario y sus paseos con poesía –la tranquilidad en la que llegó a pensar que iba a asentarse una buena temporada– la vino a alterar el Primer y Único Simposio Internacional ‘¿Es poeta el poeta?’, extraño hito en la vida del poeta y de la poesía y seguramente de la literatura en general. Parecía una broma, pero no lo era. Parecía algo sin importancia, pero la tendría. Lo organizó un grupo de alumnos de sexto semestre de carrera como trabajo final para la asignatura de Poesía Contemporánea I, en parte porque querían rendir un homenaje al poeta y en parte porque creían realmente que su manera de asumir la poesía abría interrogantes y merecía un debate. El poeta no pudo resistirse, a pesar de la molestia que le producía la duda que el encuentro expresaba. ¿Es poeta el poeta? ¿Y qué era, si no? Dos representantes del grupo se presentaron un día en su despacho –más que despacho, un rincón con ínfulas– y entusiastamente le explicaron el proyecto. Eran caras familiares: una Camila Sanmiguel y un Enrique Fonseca que habían pasado por su clase un par de años atrás. Resultó que el resto del grupo –eran cinco en total– también eran antiguos alumnos, y que en cierto modo lo admiraban. El poeta supuso que formaban parte de ese sector del alumnado que se había movilizado cuando su puesto había estado en entredicho. A pesar de todo, su primera reacción fue reírse. ¿No era una broma? Pues no. Al ver que iba en serio, se interesó por los detalles del proyecto. Se los dieron. Le gustó la seriedad del fondo y el sentido del humor de la forma. Naturalmente, se sentía halagado: el narcisismo era algo que no lo había abandonado. Les pidió unos días para pensarlo, pensando que debería pensarlo, pero mientras desfilaban por la puerta pensó, qué caray. Y dijo que sí.
El Primer y Único Simposio Internacional ‘¿Es poeta el poeta?’ tuvo lugar en una nave de la zona industrial permeable al olor a aceite quemado que emanaba de las fábricas aledañas, un recinto vacío y desangelado con rincones llenos de chatarra indescifrable que los organizadores consiguieron en préstamo –alguien del grupo conocía al dueño– y donde la temperatura, siempre por debajo de un umbral acogedor, obligó a la asistencia a permanecer todo el tiempo con las chaquetas puestas. La condición de internacional del encuentro se basaba en el hecho de que una de las ponentes era Marie Claire Léost, profesora de la facultad al igual que el poeta pero con rango de titular, y experta en el periodo romántico francés. Verla entre la lista de ponentes aumentó el orgullo del poeta toda vez que Marie Claire era una autoridad respetada más allá de las fronteras de la universidad, habitual invitada de auténticos encuentros y simposios literarios, desde luego cosas con más envergadura que ‘¿Es poeta el poeta?’ Probablemente la única razón por la que se había dejado arrastrar hasta la nave decadente es porque era algo organizado por alumnos, y había una consigna no escrita que animaba a los profesores a respaldar las iniciativas del alumnado. O eso o Marie Claire tenía sentido del humor. O ambas cosas. O es que en realidad el simposio era serio.
Los nombres del resto de ponentes invitaban a pensar que sí. A Marie Claire la acompañaban en la mesa el cuentero Ernesto Valderrama, un perfeccionador del arte de la narración oral que había sido premiado en varios festivales del género, desconocido para el gran público pero respetado en los círculos académicos; Osvaldo Kúber, crítico literario de la revista de la facultad; y Fanny Botella, segunda al mando en una editorial especializada en poesía, Ediciones del Olmo, que como casi todas las editoriales especializadas en poesía formaba parte del amplísimo abanico que el poeta había bombardeado años atrás con sus manuscritos –pero no, afortunadamente, del menos amplio de editores a los que había sometido a marcaje personal–. Las dos mujeres del panel, pues, lo conocían, pero el poeta dudaba seriamente de que a Valderrama y Kúber no hubieran tenido que explicarles quién era el poeta objeto del simposio, qué hacía y cómo lo hacía. En general, se daba cuenta de que los cuatro ponentes seguramente tenían cosas más provechosas que hacer que participar en un encuentro organizado en torno a la figura de un anónimo profesor de literatura que improvisaba poemas malos sobre cabinas telefónicas y abuelos que tomaban el sol en el parque, y que todos tenían motivos para estar allí que tenían menos que ver con el interés por discutir sobre su arte, si es que lo era (¿es poeta el poeta?), y más con el hecho de tener algún vínculo con los organizadores; pero no por ello se sintió menos cómodo con la idea. Era un simposio sobre él, ¿no? Alguien se tomaba la molestia de ponerlo en el centro de algo, de acariciarle el ego. ¿Cómo podía resistirse? Mandó lavar el abrigo negro para la ocasión.
A la nave desvencijada acudieron al final unas ochenta personas, más que sillas había para acogerlas; muchos improvisaron acomodación con lo que había a mano y muchos se pasaron el día de pie. La moderadora, Camila Sanmiguel, inauguró la jornada con un breve discurso en el que presentó al poeta y a los cuatro moderadores y luego dio paso a las ponencias. Por la mañana, Osvaldo Kúber y Fanny Botella; por la tarde, Valderrama y Marie Claire. El poeta no tenía turno de palabra propiamente dicho, pero era constantemente interpelado por los ponentes y el público; en el turno de preguntas que siguió a la intervención de Marie Claire tuvo que emplearse a fondo. Sobre si el poeta era o no un verdadero poeta, que era la pregunta que en teoría se habían reunido para contestar, al principio ninguno de los ponentes dijo mucho. Prefirieron centrarse en lo conceptual y hablar de la tradición oral de la poesía, de los rapsodas griegos, de los juglares de la Edad Media, etcétera. Fue por insistencia del público, cuando el turno de preguntas dio lugar al debate, al final de la jornada, que tuvieron que tocar el tema. Entonces, Fanny Botella dijo que la poesía no era un arrebato, lo cual automáticamente descalificaba al poeta. Kúber dijo que discrepaba: la poesía sí podía ser un arrebato, la clave estaba en la calidad del arrebato. Cualquiera podía ser víctima de la ilusión de ser un poeta en cualquier noche en que la absenta lo inspirara a cantar la belleza de una flor, apuntó. Valderrama, moderno exponente de la tradición oral que el poeta pensó que estaría dispuesto a darle el beneficio de la duda, cargó las tintas con inusitada vehemencia y dijo que la oralidad cuando era improvisación difícilmente podía ser arte, no decía que no, pero era difícil, y que la literatura oral tenía tanto o más trabajo previo que cualquier escrito impreso en un papel; en consecuencia, concluyó, era partidario de encontrarle otro nombre a lo que hacía el poeta. Finalmente, Marie Claire dijo que le resultaba imposible responder a la pregunta porque no conocía la poesía del poeta; que apenas había visto un par de reportajes por televisión y que no quería caer en el apriorismo; que sería un atrevimiento por su parte tomar por representativos los poemas del poeta que algunos periodistas habían reproducido en sus artículos, y que en cualquier caso, sabiendo que eran periodistas quienes los habían reproducido, ni siquiera se podía contar con que lo hubieran hecho con la debida precisión; pero que, quizás, el debate trascendía el academicismo y la cuestión de la calidad y tenía que ver con lo que se había dado en llamar el impulso poético.
Iba a decir algo más, pero Fanny Botella la interrumpió para decir que ella sí había tenido la oportunidad de leer la poesía del poeta, y que por algo no la había publicado. Marie Claire dijo que por lo que ella sabía esa poesía pertenecía a una etapa anterior del poeta, y Fanny Botella dijo que era el mismo poeta, y Marie Claire le dijo que un poeta nunca era el mismo, y Fanny le dijo que no podían obviar la referencia, y entonces Camila Sanmiguel intervino para interrumpir una discusión que no llevaba a nada e invitó al público a preguntar. Una mano se levantó desde un rincón junto a la chatarra, más rápida que las demás. Camila le dio paso.
–A mí me gustaría saber –una mujer con aspecto de universitaria, delgada, un poco desgarbada, de pelo negro y piel blanquísima. Tres lunares en la región de la boca preñaban de carácter un rostro ovalado y de ojos dulces, de un claro entre el verde y el azul–, qué piensa el poeta del poeta –dijo, con voz de cigarrillos–. Si el poeta cree que lo que hace es poesía.