Foto: Mauricio Bernal
Cuando Armando llevó la noticia de que Edgardo vivía en el Cartucho, ya ese trozo de la ciudad estaba considerado uno de los lugares más peligrosos del mundo: un nido de drogas y delincuencia del que se acabarían sabiendo historias que desafiaban las ideas preconcebidas de desprecio por la vida. A la familia le costó aceptarlo. Al fin y al cabo, éramos respetables. Si no se concebía la idea de un drogadicto en la familia, menos la de un familiar en el Cartucho. Esas cosas no nos pasaban, no podían pasarnos. Los que habían asistido al deterioro de mi primo sabían que era lógico que hubiera acabado allí, pero eran pocos. Mi tía Lucero, mi tío Armando y por lo que supe después mi tía Amanda. Los demás no lográbamos conciliar la imagen del primo, del sobrino o del nieto que habíamos conocido con la de los habitantes del Cartucho, que la televisión y los periódicos mostraban como seres al borde del colapso, muertos vivientes, gente peligrosa. En esa época me había aficionado a las historias de zombis y tenía pesadillas en las que Edgardo en versión muerto viviente me ofrecía la papilla sanguinolenta que guardaba en una cajita de madera.
Los últimos dos años antes de que el Cartucho lo engullera del todo Edgardo estuvo yendo y viniendo: pasaba casi todo el tiempo en la calle, pero de vez en cuando visitaba a su madre y se instalaba dos y hasta tres noches en el apartamento. Cada vez que la visitaba mi tía lo alimentaba, lo limpiaba, le daba ropa nueva y algo de dinero. Edgardo lo aceptaba todo, pero en la esquina se volvía a poner su ropa andrajosa y vendía las prendas maternales en tiendas de segunda mano. Eso me lo contó Armando. Después de cada visita Lucero cambiaba las sábanas y limpiaba el cuarto hasta dejarlo impoluto, como una habitación de hotel, pues tenía la idea de que Edgardo seguía volviendo en busca de una cama limpia y un cuarto ordenado, del confort y la higiene que ya no tenía en su nueva vida. Nunca se le ocurrió desmantelar la habitación. La mantuvo como Edgardo la había dejado incluso cuando dejó de invitarlo a la casa, lo cual ocurrió cuando se dio cuenta de que abrirle la puerta equivalía a ponerse en riesgo.
Antes de que eso ocurriera tuvo que asistir al rápido deterioro de mi primo. Es verdad que venía deteriorándose desde la adolescencia, pero la calle aceleró el proceso y mi tía fue testigo a través de las visitas, que cada vez se espaciaban más y cada vez eran más cortas porque mi primo aguantaba mal la abstinencia. Al final, antes de desaparecer, solía presentarse una vez al mes y a la hora del almuerzo: comía lo que le servían, se recostaba un rato en la cama y luego se iba. Algunas veces ni comía. Según Lucero le contó a Armando y luego Armando a mí, en las últimas visitas ni siquiera llegaron a hablar. Él la saludaba con un balbuceo y se despedía con otro, y entre ambos pronunciaba dos o tres cosas entre las que mi tía a veces percibía un “mamá” y a veces un “gracias”. Físicamente parecía enfermo. Su rostro redondo se había vuelto huesudo, sus ojos despiertos los tenía llenos de bruma. Tenía costras en la piel. Para mí se correspondía con la descripción de un zombi.
Fue ese sucedáneo o versión desmejorada la que un día sin venir a cuento empezó a tumbar y a romper cosas por la casa mientras Lucero le gritaba que parara, por favor, antes de encerrarse en el baño por temor a que le hiciera daño. Al cabo de un rato Edgardo dejó de romper cosas y enseguida Lucero escuchó un llanto. Entonces salió y se lo encontró tirado en el suelo, llorando sobre un pequeño charco de babas y de mocos. Llena de compasión maternal, se sentó a su lado para abrazarlo y consolarlo, porque entendió que sería una de las últimas oportunidades de tener un contacto afectivo con su hijo. Los dos lloraron abrazados en el suelo hasta que llegó la policía, que había sido alertada por los vecinos.
Lucero dijo que no quería presentar denuncia, pero cuando los policías vieron el aspecto de Edgardo decidieron quedarse un poco más. Insistían en identificarlo y comprobar sus antecedentes, convencidos de que tendría historia, y Lucero no estaba segura de que no la tuviera. Tuvo que ir Armando a arreglar las cosas. Me dijo que les dio dinero. Luego, Edgardo balbuceó y se fue. Entonces mi tío le dijo a Lucero que no podía seguir abriéndole la puerta. Había destrozado medio apartamento, ya no era dueño de sus actos, ya no era él. Se había vuelto otra persona y ya no encajaba en su antiguo entorno. Le costó convencerla. De hecho, Lucero volvió a abrirle la puerta varias veces, hasta que un día Edgardo tuvo otro ataque, peor que el primero, más destructor. A partir de entonces mi tía llamaba a Armando cada vez que Edgardo se presentaba, y Armando tenía que acudir y hacerle prometer que se iba a portar bien, y acompañar cada visita. A veces mi tío no podía ir y Edgardo se quedaba en la calle, sentado contra la pared del edificio, mientras desde la ventana su mamá le decía llorando que lo quería mucho pero que no podía dejarlo entrar. Igual, ponía comida en un balde, ataba el balde a un cordel y de ese modo lo alimentaba. Edgardo balbuceaba o mugía, a veces comía, a veces no, se quedaba un rato y luego se marchaba. Hasta que un día dejó de aparecer.
Empecé a merodear por el Cartucho cuando supe que Edgardo se había instalado allí, siguiendo el mismo impulso que me llevaría más tarde a leer el diario rebelde de Marta. Para entender. Conocía las historias sobre lo que ocurría entre sus fronteras, y como cualquier persona normal sentía miedo incluso mirando sus callejones desde la distancia. Que vendieran droga era una anécdota. En las casas derruidas se decía que ocurría lo más ruin, lo que fue objeto de confirmación oficial cuando al cabo de los años desmantelaron todo y salieron a la luz los detalles de su funcionamiento amoral. Entonces, lo que se veía desde una distancia prudencial era un hormigueo primitivo de seres humanos, unos que parecía que trabajaban en algo, que iban o venían de algún lugar concreto, y otros que caminaban sin rumbo, como perdidos, como privados de voluntad, como inconscientes. Una vez que me acerqué más de la cuenta vi que había mesitas en la calle donde estaban expuestas las drogas a la venta. Años más tarde supe que en el Cartucho desmenuzaban cadáveres y los disolvían en ácido, y me imaginé a mí mismo descuartizado y disuelto en ácido como algo que habría podido ocurrirme en uno de mis acercamientos. Si llegué a estar lo bastante cerca para ver las mesitas y atisbar el interior de las casas fue porque siempre tuve la esperanza de reconocer al primo Edgardo entre la multitud. Pero estaba equivocado. Al cabo de la tercera o cuarta visita comprendí que Armando tenía razón. Nadie que no lo hubiera acompañado en su proceso de degradación lo reconocería a esas alturas. Lo supe porque viendo a los zombis me di cuenta de que todos eran iguales, y de que Edgardo podría ser cualquiera de ellos. Y sin embargo, no dejé de visitar el lugar. Los caminos exóticos que tomaron algunos miembros de la familia siempre me desconcertaron y siempre busqué una explicación. A pesar de la evidencia, y de la casi absoluta certeza de que a esas alturas ya estaría muerto, y de que si no lo estaba sería imposible reconocerlo entre sus devastados congéneres, por una intuición que estaba más allá de la razón, y que quizás tuviera que ver con la capacidad de los Hidalgo de obrar milagros, yo contaba con verlo aparecer un día entre la gente. Sonriendo. Como antaño.