Nos habían pasado varios accidentes pero nunca algo así. Como la vez que Cardozo se fue de frente contra un poste, un error de cálculo y el auto quedó incrustado, partido en dos, con el motor reventado por el golpe y por la velocidad de Cardozo, que de nosotros es el más rápido. El Ford había quedado inservible y había ido a parar a un remate de chatarra, y Cardozo había permanecido una semana en el hospital, con el cuello inmovilizado porque había tenido problemas con una vértebra, algo así. Todos pensamos que no debíamos seguir, que teníamos que parar ahí, pero a las tres semanas andábamos otra vez en lo mismo.
La idea había sido de Ibáñez, que siempre le han gustado los autos. Su papá corrió muchos años en el autódromo y era un fanático, con su memoria prodigiosa que le permitía saber todo lo que hay que saber sobre el asunto, fechas, nombres, carreras, motores. Ibáñez lo quería mucho, a su papá. Siempre lo acompañaba a las carreras, o a los ensayos, y siempre que regresaba se reunía con nosotros y nos contaba, y hablaba de cilindros y de pistones y de velocidades y nosotros aún no entendíamos muy bien de qué se trataba, pero sí veíamos que Ibáñez lo pasaba muy bien. Por eso a ninguno le extrañó demasiado cuando una tarde que estábamos todos en mi cuarto, callados y pensando en las cosas que se piensan mientras escuchábamos a Lou Reed que tocaba la guitarra y mi grabadora vieja y mala se sacudía con cada descarga de su inspiración inverosímil, a nadie le extrañó mucho cuando Ibáñez se puso de pie y con voz ceremoniosa dijo “vamos a hacer unas carreras”. Salió del cuarto y todos salimos detrás de él, y Lou Reed detrás con su guitarra.
–Es sencillo –dijo, parado junto al Ford (el Ford de su papá) mientras todos lo mirábamos desde la puerta de la cocina–. Las carreras las vamos a hacer en la ciudad. Vamos a utilizar calles transitadas, para que sea diferente. Trazamos rutas y seguimos esas rutas. Sencillo. ¿Qué les parece?
Por supuesto, Ibáñez había manejado antes que cualquiera de nosotros. Y no cualquier auto, sino el de carreras con el que competía su papá. Lo condujo cuando tenía once años, una tarde de ensayos en que los comisarios se habían mostrado más generosos que de costumbre y lo habían dejado dar una vuelta, pero sólo una, y sin embargo esa vuelta había sido más que suficiente. Esa noche Ibáñez nos reunió en su casa y con palabras atropelladas nos contó el episodio como si se hubiera tratado de una ceremonia de iniciación, y a ninguno le quedó la menor duda de que cuando fuera grande Ibáñez iba a ser muy parecido a su padre, tal como dijeron las señoras gordas de la cuadra cuando se enteraron de que Miguelito había manejado por primera vez el carro de carreras de su papá.
Volvió a repetir “sencillo” y se subió al auto, al Ford de su papá, metió reversa y lo puso en la calle. Los demás lo seguimos, unos en mi auto y otros en el Chevy 88 que manejaba el Gordo. Ibáñez pisó el acelerador a fondo, hizo resbalar las llantas sobre el pavimento y se perdió rápido por la primera curva, y entonces el Gordo y yo comprendimos que sí, que estábamos de carreras, así que salimos detrás de él. Fue la primera noche y nada más que una prueba, un intento por correr entre semáforos, por esquivar peatones y por comprobar qué tan bien estábamos para evitar los embotellamientos. A todos nos gustaban las carreras y a todos nos gustaba andar rápido por la ciudad, pero nunca habíamos pensado en meternos a tope por las calles del centro que son las más transitadas, y esa noche nos dimos cuenta de que definitivamente no era nada sencillo. También nos dimos cuenta de que eso era, precisamente, lo que despertaba las ganas de Ibáñez.