Foto: Mauricio Bernal
Era yo (con músculos prestados por mi gimnasio)
(con pelo prestado por una clínica de Turquía)
(con cerebro prestado por un programa de IA)
patético Frankenstein, esa tarde de sábado en Ikea.
“Hay que reemplazar ese sofá”, se había dicho ese día
(nadie con corazón lo dice, se dice, la frase brota sin más
y queda flotando en el aire, igual que una nube)
y era uno más de la horda de compradores
de sillas, de sillones, de camas sencillas
y camas dobles, de almohadas para la cuna
(del pequeño) de velas aromáticas para las
cenas de los viernes (con los amigos) (¿tú
viste qué bonito ese cojín, pero qué bonito?).
Seguíamos unas flechas pintadas en el suelo
como borregos, o las vacas cuando están
en el matadero, sin saber a dónde van.
La profusión de mantelitos
empezó a minar mi voluntad.
Sudaba, temblaba, veía doble.
Estábamos en la sección de sofás y en el aire
apareció otra frase “¿qué opinas de este?”
miré, analicé, me senté para probar
me pareció mullido, sólido
(o es que sólo quería salir de allí)
y de repente, al mirar a mi lado
vi a Satán fumando un puro y riéndose de mí.
Le pregunté Satán, qué haces aquí
(pensando, por otro lado, que era
el lugar idóneo para avistar a Satán)
y me respondió, este es mi reino, amigo
en esta oscuridad yo mando
y soltó una carcajada, ¡ja, ja, ja! (diabólica)
antes de decirme, llévate el sofá
lárgate de aquí (y no vuelvas)
(es por tu bien) (¡ja, ja, ja!)
Cuando dije (que debíamos)
salir corriendo porque Satán
(en el sofá) (fumando un puro)
me lo había ordenado así
fui tratado de perturbado
pero juro solemnemente
(que fue tal como ocurrió).