Foto: Mauricio Bernal
Quiénes cargarán mi ataúd (me pregunto)
si mis amigos de acá o mis amigos de allá,
o en qué lengua será el funeral
si en mi lengua de siempre
o en la lengua adquirida
(como todo lo demás)
de mi tierra de acogida.
Si es acá, me temo que no irá nadie
se enterarán por la prensa
(¡oh!, mira quién se ha muerto)
tres días después, o diez, o quince
hablarán brevemente de mí
en un chat de whatsapp
alguien, puede ser,
mirará un par de fotos
encenderá la TV y dirá cariño
qué tenemos para cenar.
Si es allá, me temo lo mismo (no irá nadie)
me suena este nombre, se dirán
¿no era aquel que se marchó…?
¿tú volviste a saber de él?
era buen tipo, dirán algunos
te equivocas, dirán otros
me llorará mi madre (si sigue viva)
algún que otro pariente
y yaceré en los prados
al pie de las montañas
junto a un vendedor de aspiradoras.
Tal vez debería repartirme
hacer un testamento que diga
un funeral acá, un funeral allá
por el mero placer de tener dos
(no, retiro lo dicho)
en realidad es porque soy
un perro de doble cabeza
y doblemente voy a morir
y doblemente nadie
va a llorar en mi funeral.
Caray, no quiero dar pena.
Es la triste realidad.
En todo esto pienso
porque el otro día vino
un agente de seguros
quería venderme (así se llama)
un seguro de repatriación
le pregunté para qué servía, me dijo
“para trasladar su cadáver”
de aquí para allá”
y que le salga barato.
Desde entonces pienso en esto
además de soñarme a mí mismo
(muerto) (en mi propio ataúd)
en la bodega de un avión.
Quién carga el cofre
de los que mueren
en ninguna parte.