Foto: Mauricio Bernal
A las numerosas páginas que se han escrito sobre el modo de ordenar una biblioteca el italiano Roberto Calasso sumó hace un tiempo las suyas, una pequeña obra cuyo título, ‘Cómo ordenar una biblioteca’, tiene la simpleza de lo que esconde un tesoro. Publicado en Italia por Adelphi en 2018 y ahora editado en español por Anagrama, el ensayo de Calasso es una lección erudita y rebosante de humor sobre ese ejercicio que todos los propietarios de una colección de libros han acometido en algún momento de sus vidas –sus vidas libreras, acaso literarias–, esa empresa ardua que el involucrado pospone ad eternum hasta que se queda sin excusas, rendido a los pies de esos cientos o miles de volúmenes que exigen una redistribución inmediata. Pero luego resulta que, oh, es una empresa gozosa. Un rompecabezas, un juego, un recorrido por la propia biografía, que los libros señalan a la vez implacable y cariñosamente.
“Es un tema altamente metafísico”, escribe Calasso en la primera página de su ensayo. “Me sorprende que Kant no le haya dedicado un breve tratado”. Ordenadores de sus personales bibliotecas en todo el mundo están dispuestos a darle la razón: no es cosa baladí. “Organizar una biblioteca de casa, por pequeña que sea, implica trabajo”, escribe Lluís Agustí, profesor de la Facultatd’Informació i Mitjans Audiovisuals de la UB (o, lo que es lo mismo, profesor de futuros bibliotecarios), en su artículo ‘Organització de una biblioteca personal o familiar’. En él repasa desde cuestiones prácticas como el mobiliario y la iluminación (capitales, lo sabe cualquier bibliófilo) hasta la cuestión-meollo: cómo ordenar. “Supone trabajo y hay que disponer de un cierto tiempo para hacerlo, pero es una tarea que suele ser agradable. Refuerza la memoria de lecturas y se encuentran pequeñas joyas para leer o releer”. Ordenar la propia biblioteca supone un encuentro consigo mismo, con el pasado lector y posiblemente con el pasado en general. Es una actividad importante.
Un mapa mental
Porque una biblioteca personal es un mapa, eso lo sabe cualquiera. Calasso escribe que, “al entrar en una habitación, se reconoce rápidamente, incluso solo por el color y la tipografía de los lomos, de qué está hecho el paisaje mental del dueño de casa”. O, como escribe Gabriela Olmos en el espléndido número que la revista ‘Artes de México’ dedicó hace unos años a las bibliotecas: “¿Qué cabe en una biblioteca personal? Todo lo que se propuso el hombre que la reunió. La biblioteca es un retrato extendido y elocuente”. Por eso algunos son pudorosos en grado sumo ante la perspectiva de que alguien husmee entre sus libros. Habida cuenta de que es un ejercicio de naturismo mental, véase biográfico, lo mejor es que sea alguien de confianza.
Sobre la forma en concreto de ordenar una biblioteca personal, el único consenso es que no hay una forma mejor que otra, y que a fin de cuentas es una cuestión personal. Ordenación alfabética, ordenación por géneros, por países, por editoriales, por colores… “Inevitable en algunas áreas, el orden alfabético sería letal si se aplicara a todas ellas”, escribe Calasso. “De ciertos libros –sobre los hongos, sobre las plantas en Cornualles, sobre famosas partidas de ajedrez y otros casos innumerables– se recuerda el asunto pero con frecuencia se olvida al autor. Insertarlos en un orden alfabético general equivaldría a perderlos de vista”. En ‘Alta fidelidad’, la novela de Nick Hornby, el protagonista se propone clasificar sus discos en el orden en que los ha ido adquiriendo, con la intención de conformar así una suerte de autobiografía, un criterio que perfectamente se podría aplicar a los libros (algunos lo han hecho, o al menos alardean de ello). En cualquier caso, hay que tener presente que, como escribe Rafael Vargas en su propia aportación a aquel número de ‘Artes de México’, “una biblioteca no es un mero depósito de libros. Es necesario darle una dirección. Sin ella crece como la maleza. De lo que se trata es de diseñar un jardín”.
Biblioteca de escritor
Pregunta: Enrique Vila-Matas, ¿cómo cree que debería estar ordenada la biblioteca ideal? Respuesta: “Del modo que le dé la gana ordenarla a su propietario”. Pregunta: ¿qué criterio asume para ordenar su biblioteca? ¿Ha asumido siempre el mismo o lo ha modificado? “No recuerdo que haya cambiado nunca de criterio. He ido creando con el tiempo un orden inclasificable, más de geógrafo que de bibliotecario o librero. Una clasificación secreta, alejada de tiranías alfabéticas y amparada por una memoria visual que me permite recordar cada lomo, y localizarlo, de un vistazo, en las estanterías. Y eso que calculo que tengo más de 5.000 libros en casa”. Pregunta: ¿Sus libros están en un lugar aparte o incorporados al orden establecido? Respuesta: “Están modestamente incorporados al orden general”. Todo lo cual es materia a considerar toda vez que las bibliotecas de escritores son un mundo aparte en el mundo de las bibliotecas. De la de Carlos Monsiváis, por ejemplo, Rafael Vargas escribe que era “una selva autoproliferante en la que solo él mismo podía orientarse bien”.
A modo de colofón vaya el comentario de Calasso sobre el criterio de Aby Warburg, fundador de la Biblioteca de Estudios Culturales de Warburg, al ordenar los libros: “Un intento de reproducir en el espacio la trama del pensamiento del propio Warburg”. Vaya también Vila-Matas visitando la biblioteca personal de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y recordando la facilidad con que encontró los ejemplares de Shakespeare. “Unos ejemplares para mí míticos, porque el autor de ‘El Gatopardo’ (¡qué gran novela!) los sacaba a pasear en sus excursiones por Palermo. La verdad es que me encantó tocarlos”. Y vaya la manera en que Lluís Agustí, nuestro experto en bibliotecas, ordena los libros de la suya: “La literatura la tengo ordenada alfabéticamente por autores con independencia de lenguas, géneros y épocas, así conviven la novela con la poesía, el catalán con el castellano, el francés y el portugués. Los libros de historia, por épocas, desde la prehistoria a la época contemporánea. Los libros sobre exilio español, por temáticas específicas. Los libros sobre libros, bibliotecas, librerías y lectura, por temáticas específicas. Los libros de filosofía, también por épocas, y dentro de estas, por orden alfabético, empezando por los autores griegos. Los libros sobre religión, por tradiciones: catolicismo, protestantismo, judaísmo, heterodoxias… Los libros de referencia (diccionarios y enciclopedias), por formatos y a mano. Finalmente, los libros antiguos del XVI al XVIII, por formatos”.