Mauricio Bernal

El Cuentista

El Vestido

(Publicado en Revista Matera, Número 20.)

Fragmento

–Era azul –decía ella.

 

–Era verde –decía yo.

 

Habíamos mantenido esa discusión durante años, aunque decirle discusión es darle una estrambótica dimensión. No discutíamos, jugábamos, ella decía azul y yo decía verde, y al final no tenía importancia. O eso pensaba yo. La primera vez habíamos disentido en privado, una velada en un restaurante y la rememoración del origen, el comienzo de las cosas, y todo era comunión y un recuerdo compartido, el día, la hora, la fiesta, los invitados, la música; las miradas, los bailes y el primer tacto. El primer beso. Pero entonces me equivoqué al decir que el vestido que llevaba ella era verde, y ella se equivocó al decir que era azul.

 

–Era azul –dijo ella.

 

–Era verde –insistí yo.

 

No quisimos o tal vez preferimos no zanjar el debate, la discusión que no lo fue nunca, que siempre fue juego –o eso creía yo–; y en todo caso no había pruebas para sustentar que era azul –decía ella– o que era verde –decía yo–. De modo que la disensión se convirtió en el corazón del relato, la anécdota que subrayábamos cuando contábamos en público el origen, el comienzo de las cosas. A veces empezábamos por ahí, alguien cometía el error de preguntar, alguien que quería remontarse al génesis, y ella directamente empezaba diciendo:

 

–Era azul.

 

Y yo decía:

 

–Era verde.

 

Y nos reíamos porque era un juego. 

Más tarde nos pareció que el azul y el verde eran demasiado parecidos, que la confusión era evidente y que el relato, por ende, también: la gente entendía, le restaba importancia, azul, verde, qué más daba. Entonces empezamos a improvisar combinaciones ridículas, ella decía azul y yo decía rojo, yo decía verde y ella morado, yo decía blanco y ella negro; lo cual daba pie a “te estás confundiendo de cita”, decía yo, y “te estás confundiendo tú, pero de mujer”, decía ella. La gente que ya había escuchado la historia en la versión de azul y verde preguntaba:

 

–¿Pero tú no decías que era azul?

 

–Y tú, ¿no decías que era verde?

 

Y nosotros, seriamente, les decíamos que se estaban confundiendo de pareja.

 

En privado, sin embargo, manteníamos la discusión de siempre:

 

–Era azul –decía ella.

 

–Era verde –decía yo.

 

Entendí que no era un juego o que no lo sería siempre cuando la primera separación. Un clásico, ella había conocido a alguien y dudaba, quedarse con lo mismo, marcharse con lo nuevo, la incapacidad para decidirse. Lo zanjamos con la cuestión de los colores.

 

–Dime por favor que era azul –dijo ella–. Por favor.

 

–Era verde –dije yo.

 

De modo que se fue. Volvió al cabo de tres años, y también lo zanjamos con los colores.

 

–Era azul –dijo ella.

 

–Era verde– dije yo.

 

Y nos abrazamos.