Dioni y Carol Porta pusieron en marcha la librería Obaga hace más de siete años con todas las incertidumbres que acompañan a un negocio de esta naturaleza en tiempos de adversidad para la lectura. Pero les ha salido bien: han apostado por las actividades presenciales, por dotar de personalidad a su oferta lectora, han creado una potente comunidad de asiduos y hoy pueden darse el lujo de decir que viven de los libros.
-Cuénteme: cómo llegan a la idea de abrir una librería. Qué es lo que tienen dentro para convertir el proyecto en realidad.
-Bueno, con Carol somos pareja… hace veintitantos años que nos conocemos, y una de las cosas que nos unió y que nos ha acompañado durante todos estos años es la lectura. Siempre hemos sido muy lectores. Y bueno, todas las parejas tienen fantasías y una de las nuestras era esa: ¿Te imaginas, un día, una librería? Eso se materializó en el 2018. Unos meses antes habíamos tenido un ‘flash’, la sensación de que era el momento de llevar a cabo ese sueño.
-¿Dudas?
-Sí, claro, algunas incertidumbres con respecto a nuestro nivel de conocimiento del negocio, pero bueno, teníamos dos saberes que pensamos que podían ser determinantes: uno, como ya dije, que éramos muy lectores, y después estaba el bagaje, digamos, vital. Al final, a lo largo de la vida habíamos hecho muchas cosas que de algún modo sentíamos que en la librería podían ser aprovechables.
-¿Qué hacían antes? ¿Cómo se ganaban la vida?
-Yo era funcionario y en ese momento Carol era monitora de comedor escolar, aunque después iba haciendo muchas cosas. Al principio, la que entró a tiempo completo fue ella, y yo hasta hace dos años mantuve mi trabajo y venía por las tardes a la librería.
-¿Qué riesgos se asumen abriendo una librería en tiempos audiovisuales y cuando los índices de lectura van a la baja?
-Bueno, siempre hay incertidumbres, las sigue habiendo. Yo creo que es un tipo de iniciativa que necesita mucho entusiasmo, mucha ilusión. Eso es lo principal. Pero luego hay que mirar los números, claro, y en ese apartado tuvimos mucha suerte porque hubo un gran compañerismo por parte de dos librerías de las que éramos asiduos, Atzavara y Taifa. Jordi, de Taifa, y Albert de Atzavara. Se portaron muy bien con nosotros, y además nos dieron cuatro cifras para que una vez nos lanzáramos a la piscina supiéramos cuán honda era la piscina.
-Hay mucha actividad en la librería. Presentaciones, clubes de lectura… ahora mismo están grabando un ‘podcast’ en la parte de atrás. ¿Cuál ha sido la estrategia, si se le puede llamar así, para atraer a la gente? ¿Se beneficia de ser una librería de barrio?
-Mire, a nosotros no nos da nada de miedo la expresión ‘librería de barrio’, y para empezar, teníamos clarísimo que necesitábamos una presencialidad fuerte.
Es verdad que a través de las actividades interpelas a toda la ciudad, tenemos la suerte de que viene gente de todas partes, gente que nos conoce y que nos visita, pero al final lo que te tienes que ganar y la gente que tiene que ayudarte es la gente del barrio. Tenía que ser atractivo para ellos. Eso se consigue fomentando la presencialidad. La gente tiene más ganas de hablar de lo que nos imaginamos…
-¿De hablar en general o de hablar de libros?
-De hablar en general y de libros en particular. Al final, al que le gusta hablar de libros no tiene tantas oportunidades de hacerlo, y hablar de literatura acaba uniendo mucho. A lo mejor es una conversación fugaz, pero hablas del libro que te gusta y a partir de ahí acabas aterrizando en un tema personal y se acaban creando relaciones bonitas. Se puede decir que tenemos una comunidad abundante: hay unas mil personas apuntadas a la Newsletter.
-Creo que no me equivoco si digo que la media de edad de la comunidad de la Obaga es alta. ¿Qué pasa con el lector joven? Por lo que puede ver desde la librería, ¿se está perdiendo?
-Creo que desde lo que ocurre en este rinconcito no se puede extrapolar, pero sí es verdad que los jóvenes no son los más asiduos. Lo cual no quiere decir que no haya gente que venga. A lo mejor tienen unas dinámicas distintas, así que prefiero no sacar grandes conclusiones. Con Carol tenemos la lógica de pensar en los que vienen y no añorar a los que no. Al final te has de concentrar en eso. Además, la gente va donde cree que va a estar mejor, faltaría más.
-¿Se beneficia la Obaga de la cercanía de los cines Girona, de los Texas, de la sala Pangolí? ¿Fue algo deliberado?
-Mire, nosotros para escoger el lugar cogimos el mapa, a lo Napoleón, buscamos qué agujeros, en términos de librerías, podía haber, y vimos que en este sector no había ninguna. Teníamos el ojo puesto en dos calles, Bailèn y Girona. Y sí, tuvimos la sensación de que había un aroma cultural, y bares, y restaurantes atractivos, y por suerte pudimos hacerlo.
-¿Cuál es la diferencia entre poner una librería en Barcelona y ponerla en otra ciudad? ¿Qué especificidad tiene la librería barcelonesa?
-Me ha venido un primer pensamiento que si no lo digo reviento. Sí, hay una primera especificidad que es el precio del metro cuadrado. Eso es indudable, lo sabe todo el mundo, el metro cuadrado en Barcelona está carísimo, entonces, bueno, hay todo un esfuerzo por pagar el alquiler, un alquiler que son palabras mayores. Luego, por supuesto, está el hecho de que hay libros en catalán y castellano, lo cual te diferencia de una librería de Buenos Aires o Madrid.
-Me contaba antes que al principio estaba Carol todo el día y usted venía por las tardes manteniendo su antiguo trabajo. El hecho de que ahora estén los dos todo el tiempo quiere decir que las cosas van bien, ¿no? ¿Se puede vivir de ser librero en esta ciudad?
-Sí, absolutamente. En nuestro caso, sí.
-¿Qué criterio emplean para la mesa de novedades, teniendo en cuenta la cantidad de títulos nuevos que salen cada semana?
-Para empezar, sí que es verdad que lo que más llama la atención del visitante es la novedad. Después está la persona que se entretiene un poco más con las estanterías, pero la novedad es lo que llama. Por lo tanto, el espacio para las novedades siempre parece insuficiente. Seleccionamos los libros que nos parecen interesantes, por supuesto, pero a veces no los podemos mantener tanto como nos gustaría. En cambio, tenemos algunos rinconcitos por los que tenemos un cariño especial, el espacio de recomendaciones, o los libros del club de lectura, o espacios para dar una segunda vida a los libros que a lo mejor están dos meses en la mesa de novedades y que consideramos que aún no es tiempo de que pasen a la estantería.
-La primera vez que entré aquí me pareció que era una librería con personalidad, que había apuestas. Me pregunto si es en esa mesa de recomendaciones donde más se ve el criterio del librero.
-Yo creo que sí. A ver, después ya lo haces con más naturalidad, pero al comienzo, cuando abrimos la librería, estábamos muy preocupados por que se viera una personalidad, una singularidad. Que la persona que entrara y no te conociera de nada pudiera encontrar libros no tan obvios en la mesa de novedades, espacios originales… Después, bueno, te vas tranquilizando porque la gente ya te conoce, estás en confianza, pero siempre está la idea de que al final es tu librería, y que el hecho de que tenga ese sello, ese libro distinto, que se sale del cauce, es algo que tu gente va a apreciar.
-Tiene un buen rincón de literatura infantil. ¿Qué importancia le da?
-Sí, tiene un espacio en la librería bastante destacado porque es un tema sensible, la gente es consciente de que la estimulación temprana de la lectura es algo importante.
-¿Qué libro está leyendo, o cuál fue el último libro que leyó?
-Ahora leo ‘La estepa’, de Chéjov, pero también ‘Sagitari’, de Natalia Ginzburg, porque es el libro del club de lectura. Bueno, y ahora que lo pienso también estoy leyendo ‘Comerás flores’, de Lucía Solla. Porque algo que pasa aquí es que hay tantas tentaciones, tantos libros que te pasan por delante que acabas leyendo con voracidad.
-¿Era su manera de leer antes o ha venido con la librería?
-Creo que se ha agravado un poco con la librería, je, je, je…
-¿El librero lee de manera distinta?
-Pues sí, me he dado cuenta de que ahora de los libros me quedo sobre todo con lo que me interesa como librero: cómo está escrito, a quién puede gustar, cosas de ese tipo. En cambio, muchas veces me pasa que al cabo de una semana he olvidado el final. La lectura sigue siendo un placer, por supuesto, pero ahora también la siento como parte del trabajo.
-Hablemos de su faceta de escritor. A principios de año Pepitas de Calabaza publicó su primera novela, ‘Empujar el sol’, y a la presentación en Barcelona fueron 250 personas, que es algo que no está al alcance de muchos escritores. ¿La comunidad Obaga?
-Así es. Eso fue una fiesta de la librería y como tal la vivimos. Me acompañó Carol como maestra de ceremonias, Tina Vallès para poner un poco de sentido común… Repito, fue una fiesta de la librería. Los amigos, los miembros de la comunidad estaban ilusionados de que al librero le publicaran una novela. Y todo eso venía por el vínculo que se crea en la librería.
-Hablemos de rutinas: ¿de dónde saca tiempo para escribir?
-Bueno, hace un tiempo que he adoptado un método de trabajo que sigo a rajatabla: me levanto a las seis de la mañana y me pongo a escribir, una o dos horas al día. A esa hora estoy bastante fresco y es mi tiempo de escritura.
-La disciplina es importante. Lo dicen todos.
-Sí, no sé… Si me hubiera preguntado hace veinte años creo que le habría dicho otra cosa, como todo el mundo. Creo que en ese tema la mayoría de los escritores cambian. A veces, cuando eres joven, aprecias más los ‘flashes’ de inspiración, pero a medida que ganas experiencia te das cuenta de que si eres capaz de mantener un ritmo de trabajo sostenido creas un espacio más fecundo para depositar tus ideas.
-Una vez le oí decir que es un escritor con un gran cajón. ¿Cuánto lleva dedicado a escribir con disciplina?
-Con disciplina no sé, pero compulsivamente… 20, 25 años. Sí, tengo un cajón con muchas novelas, mucha cosa escrita…
-¿El hecho de ser librero ha cambiado su forma de escribir?
-Sin duda. La librería ha sido determinante a nivel creativo porque ahora me pongo más en la piel del lector. Antes iba más a mi bola, escribía lo que me apetecía y el que quiera que se suba al barco. Cuando eres librero ves que al final un libro es cosa de dos, del que lo escribe y el que lo lee, y eso me ha hecho cambiar mucho la manera de escribir.
-Es un libro que ha tenido una interesante trayectoria. ¿Quiere hablar de ello?
-Bueno, sí, ha tenido una bonita trayectoria. Para empezar, ya va por la segunda edición. Además, mucha gente de la comunidad Obaga viene a comentar la jugada, a comentar el libro, lo cual es maravilloso y enriquecedor. Si se tiene un poco de espíritu crítico al final es a través de los lectores que uno puede ver la manera de mejorar. Es un lujo. Y ahora justamente acabo de recibir una gran noticia, y es que estoy entre los 15 finalistas del Premio Cálamo, que es un premio bastante conocido que concede la librería Cálamo de Zaragoza.
-Está en un gran momento.
-Ciertamente, sí.