Mauricio Bernal

Barcelona Literaria

David Uclés o la perseverancia

Foto: Pixabay

Es difícil no ver en la concesión del Premio Nadal a David Uclés la guinda de un pastel que empieza a tener la altura de los torreones de bodas. De Uclés se ha hablado largo y tendido durante el último año por ‘La península de las casas vacías’ (Siruela), ese “fenómeno editorial” “inesperado”, incluso “milagroso” –según donde se lea– que le ha granjeado el respeto de la crítica, el favor de los lectores y la tranquilidad económica que dan cerca de 300.000 ejemplares vendidos. En un mundo editorial saturado por el ingente número de libros sobre la Guerra Civil, Uclés se dio el lujo de hacer del suyo un superventas contando el conflicto con el ojo del realista mágico. No es su único atributo, claro está, pero es el más destacado. Ahora, el Nadal se lo han concedido por ‘La ciudad de las luces muertas’, que –con el mismo tono– cuenta un día entero en la Barcelona de la posguerra, donde se cruzan imposiblemente personajes como Carmen Laforet, Roberto Bolaño, Ana María Matute, Mario Vargas Llosa, Mercè Rodoreda o Antoni Gaudí. No es improbable que durante la concesión del galardón, el pasado día de Reyes, algunos tuvieran la sensación de que a Uclés también lo estaban coronando –título frívolo y banal, pero elocuente a la vez– como el escritor del momento.
 
Hubo un tiempo en que los escritores tenían una cierta épica. “Tenían”, “los revestía”, “los acompañaba”: épica en cualquier caso. Sus triunfos se situaban al final de una larga lista de infortunios, obstáculos vencidos, pobreza, incomprensión, vida en los márgenes… algunos incluso tenían que morirse para saborear algo. Bolaño, ya que lo nombramos, trabajó en la vendimia, de vigilante nocturno en un cámping, fue lavaplatos y vivió pobremente en un piso del Raval de Barcelona mientras pulía su voz y su literatura. Su biografía, en ese sentido, no deja de ser una pequeña epopeya, más dramática si se atiende a las voces de algunos allegados que dicen que fue en la humedad y el frío de ese apartamento que empezó a sacrificar parte de su salud. Dejando de lado los detalles biográficos de cada escritor al margen, uno está tentado de afirmar que en este asunto el mínimo exigible del autor épico es la perseverancia. “If you’re going to try, go all the way. Otherwise, don’t even start”, escribió un perseverante de cajón, Charles Bukowski. Todo esto –Bolaño, Bukowski, la épica– porque en cierto modo David Uclés pertenece a esa estirpe, la de los perseverantes, la de los escritores que cuando saborean el triunfo tienen una buena historia (de incomprensión, de obstáculos vencidos) que contar. Al fin y al cabo, su ‘Península…’, durante años, nadie la quiso.

Uclés empezó a escribir su obra cuando tenía 19 años y la publicó tres lustros después. “Hubo hasta cinco ocasiones en que quise publicar el libro, presentándolo a premios, editoriales, agencias… y siempre fue rechazado”, contó en una entrevista. Cinco intentos podrían desanimar a cualquiera –o menos–, y en manos de otro ‘La península de las casas vacías’ podría haber pertenecido a la dinastía lánguida de las novelas que van a parar a un cajón, pero Uclés atendió a la voz ebria y fantasmal de Bukowski (“go all the way…”) y siguió trabajando su borrador. En la misma entrevista, a renglón seguido, explicaba que los rechazos le permitieron “reescribirla una y otra vez y cada vez añadirle un matiz nuevo”, de modo que, en cierto modo, los premios, editoriales y agentes que lo rechazaron en su día tienen derecho a reclamar su parte de mérito en esta historia, toda vez que espolearon al autor para que añadiera capas de complejidad a lo ya escrito. Y entonces llegó la liberación total: Uclés se olvidó de publicar. “Con el paso de los años me acostumbré a la idea de no publicarlo nunca. Lo que quería era trabajarlo”, ha dicho de su famoso libro. Su perseverancia adquirió la forma de un desafío íntimo. Escribía, como se suele decir, por auténtico amor al arte.
 
Además de escritor, Uclés tiene un máster en Traducción e Interpretación y es también músico, y para financiarse el tiempo de esa escritura sin más norte que la propia escritura “cantaba durante los veranos en Santiago” y luego se instalaba en una ciudad barata a escribir. Aparte de ‘La península de las casas vacías’ ha publicado otras dos novelas, ‘Emilio y Octubre’ y ‘El llanto del león’, y tiene alrededor de una decena registradas y en el cajón, algunas de ellas sin perspectiva de ser editadas, no por desinterés editorial sino porque ya ha pasado su momento, si es que lo tuvieron (o, como dice él mismo, porque ya “han caducado”). En fin: en otra de las muchas entrevistas que ha concedido durante los últimos meses, Uclés dijo que habría seguido escribiendo aunque no lo hubieran publicado, que es lo que uno imagina que habrían hecho Bukowski y otros pertinaces de la misma especie, la gente que escribe porque no tiene más remedio. De eso está hecho el pastel al que puso la guinda el Premio Nadal. El tectónico movimiento que ha supuesto en términos de mudanza editorial (Uclés pasa de Siruela a Destino, la editorial que convoca el galardón –es decir, a Planeta–) parece la clase de cosas que ocurren cuando uno es el escritor del momento.