Foto: Mauricio Bernal
Virginia me había dado la dirección de una funeraria del norte. Al verla pensé que el tiempo jugaba buenas y malas pasadas, y que a pesar del duelo parecía más joven que la última vez. Y eso que habían pasado unos años. Me saludó con la deferencia debida a un viejo amigo.
–Lalito… –musitó, abrazada a mí un buen rato.
Tenía curiosidad por ver cómo sería el funeral de un hombre que toda la vida había planeado su funeral. Según si estaba triste, borracho, contento o melancólico, Luciano, en los tiempos en que nos frecuentamos, había pasado de enterrarse a incinerarse, de una ceremonia religiosa a una laica, de que sonara el ‘Réquiem’ a que irrumpiera una banda de pueblo, de dejar escrito un discurso a pedirle a Virginia que hablara o pedírmelo a mí. Y muchas más opciones que ahora no voy a enumerar. Por eso me sorprendió la sobriedad del montaje. Virginia adivinó lo que pensaba porque en un momento de distensión se acercó y me dijo:
–Como puedes ver, ni mariachis ni chamán.
–¿Por qué? –pregunté.
–No sé –me miró–. Estábamos separados. Lo iba viendo, pero no como antes. Por lo que sé no tenía a nadie, así que nadie puede decirnos por qué no hay un chamán amazónico exorcizando sus demonios.
La posibilidad de que estuvieran separados no se me había pasado por la cabeza. Siempre me habían parecido la clase de pareja que se iba a acompañar hasta el final. Por respeto a la atmósfera mortuoria, me abstuve de expresar mi asombro.
–Pensé… –dije–. Cuando me contaste pensé que estabas con él.
–Pues no. Estaba solo.
–¿Y quién organiza todo esto?
–Clarita, ¿te acuerdas? Su tía. Está ahí, en la esquina. La del café. Tiene ochenta mil años y no le duele un diente.
Clarita, en efecto, sostenía una taza de café a la altura de la barbilla mientras hablaba con un par de invitados. La reconocí a pesar de que sólo la había visto un par de veces.
–No ha cambiado nada –dije, y añadí, cortésmente–: Y tú tampoco.
–Gracias, Lalo. Ha pasado mucho tiempo.
–Mucho –coincidí.
Suspiramos al unísono. Me di cuenta de que los dos mirábamos el féretro.
–Al menos no se dio cuenta –dije.
–Al menos –dijo ella–. Aunque vete a saber.
Antes de alejarse me dijo que fuera a visitarla. Que tenía cosas que contarme. Anotó su dirección en un papelito y se aseguró de que lo guardaba en un bolsillo de mi cartera.
–Llámame –insistió–. Tenemos que vernos, Lalo. Es importante.