Mauricio Bernal

PROSA EN ESPERA

El Troglodita

Foto: Mauricio Bernal

Fragmento

Como siempre, echó un vistazo en su casilla de correo. La mayor parte de las comunicaciones a periodistas llegaban desde hacía tiempo por vía digital, pero Hilario, que encontraba un ambiguo placer en leer y archivar las cartas a su nombre, alentaba el uso del correo ordinario tachando sistemáticamente la dirección electrónica de sus tarjetas de presentación. El resultado era que casi siempre había algo en su casillero. Esa mañana, sin embargo, no había sobres, sólo un papel doblado en cuatro. Lo abrió allí mismo. Lo leyó.

CÓMPRATE UN TELÉFONO, CARA DE VERGA

Incurrió en lo que seguramente se esperaba de él, es decir, mirar alrededor a la espera de descubrir al bromista, o bromistas, pero nadie le prestaba atención. Esa fue la primera señal de alarma: que para ser una broma le faltaba la celebración posterior, la explosión de risas en el rincón donde los cerebros del chiste tendrían que haber estado apostados a la espera, luego las palmadas en el hombro y las caras de “este Hilario, qué rareza, qué tipo”, que habrían incorporado el momento a la rutina. Que lo habrían convertido en inocuo, en una anécdota. “¡Cómprese un teléfono, hermano!”, le tendría que haber dicho alguien, amablemente. Pero nadie se rió y nadie salió burlándose de su escondite; nadie le dijo nada. Más allá del rellano donde estaba el mueble del correo la redacción dormitaba, porque era lunes por la tarde y había licencia para hacerlo. Algunos hablaban por teléfono, otros hablaban entre sí, otros miraban distraídamente la televisión y unos pocos tecleaban algo en sus computadores, con toda seguridad mensajes personales. Hilario sintió un primer atisbo de inquietud. Miró cada mesa y se detuvo en cada compañero con la esperanza de que fuera eso lo que se esperaba de él: con la esperanza de hallar unos ojos burlones cuyo dueño estallaría en una carcajada en cuanto cruzara miradas con él. Como no encontró eso, volvió a barrer el horizonte, esta vez con la intención de desenmascarar al bromista, de asistir a la traición de un gesto, de una mirada. Pero no. Nadie. Nada. Se dio cuenta de que en la confianza de hallar a un responsable y en el convencimiento de que era una broma y era ingenua –al igual que otras de las que ya había sido víctima–, su doble exploración visual la había llevado a cabo con una estúpida sonrisa en los labios, y se obligó a componer un semblante serio. El responsable no podía andar lejos, y donde quiera que estuviera se estaría deleitando con su desconcierto. Seguramente le parecía divertido. Entendió que no podía seguir allí, interpretando el papel de idiota. Volvió a doblar la hoja y corrió a sentarse en su lugar. Encendió el computador. Abrió un periódico del viernes que había sobre la mesa y fingió que lo leía, mientras de reojo inspeccionaba la nota. “¿Cómprate un teléfono, cara de verga?” Rechazó el impulso de echar otra mirada, para no darle ese placer al bromista, y en cambio reflexionó sobre el mensaje. ¿Cara de verga?

En la misma medida en que se había extendido por el mundo el hábito de llevar un teléfono en el bolsillo, en esa misma medida había resultado llamativo que Hilario no se sumara a la moda; por supuesto, la intensidad de ese sentimiento había progresado de la mano de la popularización del hábito. Al principio no había generado sino comentarios peregrinos, frases escupidas sin mayor intención, del tipo: “Cómprese uno, viejo, es buenísimo”, en los tiempos en que era considerado eso, buenísimo, y no un imprescindible artilugio, pero de un tiempo para entonces, desde que la masificación había obrado que sólo unos segmentos de población quedaran al margen –los niños menores de cinco años, los ancianos reacios a los avances de la modernidad, los pacientes de los manicomios–, su propia y deliberada marginalidad había quedado esculpida en reacciones que oscilaban entre el asombro y la incredulidad, siempre mayúsculos, siempre expresados con una extravagante opulencia gestual; como si en lugar de una anomalía estadística representara una forma de patología social. Por todas partes por donde se había visto obligado a informar de su aislamiento tecnológico –o donde este había quedado al descubierto– había cosechado reacciones similares: ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!; un reguero de asombro dondequiera que se hacía pública su condición. Pero no era terrible del todo. Hilario se había acostumbrado. Era un asombro inofensivo, al fin y al cabo, de gente en el fondo complacida de haberse cruzado con un ejemplar exótico, una historia para contar de noche en la mesa o en la siguiente reunión social. Una rareza, ¿y por qué no? Tenía una vaga consciencia de serlo. En el trabajo, en cambio, todo había sido más difícil. ¿Dónde más iba a aparecer una nota como esa? Era un milagro que aún no lo hubieran echado.