«La dificultad de las cosas’ es una novela maravillosa y Bernal evidentemente conoce el oficio y lo respeta»
Margarita Valencia
«El reto del escritor ha sido exagerar a su personaje sin caer en la inverosimilitud, que por momentos bordea como un equilibrista».
Gabriela Wiener
“He leído tres veces ‘La dificultad de las cosas’. Estoy seguro de que es la mejor primera novela de un escritor colombiano de mi generación”.
Luis Fernando Charry
De todas las actividades que llevaba a cabo a diario, ducharse era sin duda la que más respeto le infundía, la que en su naturaleza líquida albergaba la peor amenaza a la que lo exponía la rutina. Domingo se detuvo en la puerta del baño, encendió la luz y dejó escapar un largo suspiro. Allí era donde empezaban sus problemas. Hacía dos o tres meses había resbalado en la bañera y se había roto el dedo índice de la mano derecha. Todo su cuerpo se había desparramado sobre su mano y su barriga flácida e incontrolable se había bamboleado de un lado a otro mientras él hacía intentos desesperados para ponerse de nuevo en pie. Eso, sin duda, había sido lo peor: la humillación de verse oscilar de un costado a otro de la bañera mientras el agua seguía cayéndole encima. Había perdido por completo los papeles y en medio de su lamentable angustia había llegado a gritar ¡Matilde!, sólo para recordar, con un fogonazo de dolor, y otros dos, más dolorosos, de rabia y de vergüenza, que su esposa estaba muerta desde hacía dos años y que nadie podía acudir a socorrerlo. Todavía le dolía el dedo cuando se sentaba a escribir.
Avanzó, vacilante, cerró la puerta y se desvistió. Luego, como hacía siempre, se quedó un buen rato mirando su cuerpo desnudo en el espejo. Era una costumbre de juventud de la que nunca había podido desprenderse, a pesar de que hacía muchos años que la superficie del cristal no le devolvía una imagen que lo hiciera sentirse a gusto consigo mismo. Tenía las piernas delgadas y peludas, un sexo ni grande ni pequeño y una barriga enorme que desde hacía varios años no paraba de crecer. De su adolescencia robusta sólo le quedaba la amplitud de sus hombros, acorde con su estatura. Sus ojos eran pequeños, su mandíbula puntiaguda y débil. Una deformación en la comisura del lado derecho remataba su boca de labios finos, de manera que cuando hablaba tenía el aire mezquino de los que se dirigen a los demás como si tuvieran un palillo entre los dientes. Lo torturaba un comienzo de calvicie en la coronilla que se tapaba peinándose para atrás, aunque para ocultarlo había tenido que dejarse crecer el pelo.
Con mucho cuidado introdujo un pie en la bañera, luego el otro, corrió la cortina y abrió el grifo del agua. Mientras se duchaba pensó en la carta que tenía que escribir, escogiendo de antemano las palabras que iba a utilizar. Era una costumbre que había adoptado muchos años atrás, cuando se había dado cuenta de que podía pasarse horas frente a la página en blanco sin escribir una sola frase. No era eso lo que se esperaba de un periodista; se esperaba rapidez, pero una rapidez que no era hija del ingenio sino de la habilidad industrial, de la capacidad para producir textos como se producen rosquillas o vehículos de gama baja. Por eso –y porque necesitaba trabajar– se acostumbró a escribir los textos mentalmente, a tenerlos prácticamente resueltos antes de sentarse ante la máquina de escribir. Terminó en su cabeza el primer párrafo y se felicitó de nuevo por su decisión de enviar una carta y no un correo electrónico. Estaba seguro de que los servicios de atención al cliente estaban saturados de correos electrónicos, que ya nadie enviaba cartas y que aunque sólo fuera por la naturaleza exótica y caduca de la forma, cualquiera que tuviera un mínimo de curiosidad caería en la tentación de leer su mensaje.
Esta vez todo había salido bien. Salió de la ducha, se pasó el peine por la cabeza y se cepilló los dientes con esmero. Pero cuando intentó frotarse el desodorante supo que tampoco ese día iba a salir ileso de la situación: la bolita estaba seca y no rodaba. En el apartamento de arriba escucharon el grito de Domingo cuando la cosa le arrancó varios pelos de la axila.