«Una comparsa de personajes y situaciones improbables, absurdas, que hacen reír con una risa culpable.»
Jorge Iván Salazar
«Mauricio Bernal nos revela en ‘Los Grotescos’ las miserias de la institución familiar contemporánea. Nada nos es ajeno. Los devastadores efectos de la codicia en las relaciones de la familia protagonista no hacen sino advertirnos de que el mal también anida en nuestros corazones. Al final, y de modo terrible, uno se siente identificado con todo esto».
Luis Benvenuty
Su madre se estaba muriendo.
Su madre se estaba muriendo y él tenía la gangrena de Fournier.
Federico estaba desnudo en el baño, frente al espejo, mirando fijamente las verrugas que devoraban su sexo. La piel habitualmente lisa de su aparato había desaparecido bajo una sucesión de montículos rojos, algunos de color tan intenso que a primera hora de la mañana y con poca luz parecían casi negros. Se habían presentado, aparecido un día, prácticamente de la nada, después de un par de días de picores intensos, y luego, rápidamente, se habían multiplicado, como una plaga, copando el espacio de manera tan alarmante que en menos de una semana empezaron a encaramarse unos sobre otros, a formar colonias, a convertir su pito en una especie de monstruo alienígena purulento, rojo y negro, asqueroso, repulsivo. El médico había intentado tranquilizarlo: las verrugas genitales eran más comunes de lo que se pensaba, y con la dosis adecuada de antibióticos y unos masajes diarios con un par de cremas milagrosas no tardaría en volver a la normalidad. Sólo le había echado en cara no haberse presentado antes, un error que estaba pagando con la tortura de comprobar a diario que las verrugas habían desarrollado una enconada resistencia al tratamiento. Recién salido de la ducha -y como cada vez que salía de la ducha- Federico no podía apartar los ojos de su pito marciano. Así posponía el momento de aplicarse la crema. Un rumor procedente del otro lado de la puerta lo sacó de su ensimismamiento.
-Federico. Llevas una hora ahí dentro.
Como de costumbre, Alicia dejó plasmada su impaciencia luchando inútilmente con el pomo de la puerta, inasequible a la evidencia de que el seguro estaba puesto.
-Ya voy, Alicia -dijo-. Dos minutos.
-No quiero llegar tarde.
-Tenemos tiempo.
Por supuesto, nadie estaba al tanto de su desgracia. ¡Nadie! Si no era suficiente con el hecho de padecer una enfermedad humillante, algo que cualquier hombre con un mínimo de decencia estaba obligado a llevar en soledad, lejos de los focos y de los comentarios, de la condescendencia -y las burlas, claro estaba, las burlas-; bien: si aquello no bastaba tenía otra razón para callar, más poderosa, y es que las verrugas, por supuesto, no salían de la nada. Te las pegaban. Federico miraba y volvía a mirar su pito hinchado y pensaba que había pocas razones tan carnalmente expresivas para lamentar una noche con una prostituta. Todos los hombres se arrepienten, se levantan al día siguiente y se sienten culpables, prometen que no habrá próxima vez, pero al cabo de unas horas lo han olvidado y la vida continúa y a nadie le contagiaban una enfermedad de marcianos, como a él. La gangrena de Fournier. ¡Qué nombre! ¡Jesús! ¡Qué asco! Llevaba varios días disimulando. La gangrena le impedía caminar con normalidad y casi siempre tenía que hacerlo con las piernas separadas e inclinándose ligeramente hacia adelante, pero tenía la coartada perfecta: su espalda. Su maltratada espalda. Era la versión oficial, la excusa que había dado en el trabajo y ante su familia. Llevaba varios días sin salir, la mayor parte del tiempo en la cama, levantándose y dando unos pasos sólo cuando era estrictamente necesario; lamentándose, compadeciéndose en silencio. Aquella dolencia humillante pesaba tanto sobre su ánimo que había considerado la idea de quedarse en casa, de llamar a su madre y felicitarla por teléfono, pero rápidamente se había impuesto la certeza de que no podía faltar. Tenía que hacer un esfuerzo, y eso que el esfuerzo implicaba ponerse un pañal. ¡Salir a la calle en pañales! Eso o sangrar a la vista de todos, como si tuviera la regla. Tenía que estar allí. Sabía, como todos, que era el último cumpleaños, y por muy enfermo que estuviera y por mucho que tuviera que protegerse como un bebé, o como un anciano, no se iba a poner la etiqueta de hijo ausente. Pensó en sus hermanos, en las frases a medio decir, en las dos o tres veces que ya había salido a colación la palabra herencia. Era una intuición. No podía dejarlos solos.
Empezó a jugar con el tubo de la crema cuando Alicia volvió a la carga.
-¡Federico!
Federico le habló a la puerta:
-Carajo, Alicia. Un momento.
-¡Pero si hace media hora saliste de la ducha!
-Ya voy -se limitó a decir.