Mauricio Bernal

El Cuentista

Me estás pisando el Chéjov

(Publicado en ‘Me estás pisando el Chéjov’, Espai Literari, 2016)

Fragmento

Decido, en un sentido irónico, naturalmente, cubrirme de gloria, así que después de un almuerzo regado con abundante vino me dirijo a la librería, dispuesto, no sé a qué realmente, me imagino que a tener la conversación última, la definitiva, la que todo hombre en mi situación precisa. Mi ración final de rayos y centellas, sí señor. Es un error de antemano, lo sé, y sería un error concienzudo si no fuera porque me sale perpetrarlo bajo los efectos del vino, espontáneamente, ja, ja, ja, me río solo, me río conmigo mismo pensando en la escena, anticipándome al patetismo, ebrio, ebrio imaginando la escena, imaginando los gritos –¡sí, gritos!–, las lágrimas –¡sí, lágrimas!–, los insultos –¡…!–, mientras camino Balmes arriba en dirección al local. No tambaleándome, no trastabillando, nada de eso. Ebrio pero digno.


No voy a escribir un capítulo nuevo en la historia de las conversaciones últimas, eso también lo sé de antemano, de modo que recibo con cierto regocijo –lo que siento habitualmente cuando se confirman mis teorías– la elaborada construcción gramatical que se me da por saludo:


–¿Qué coño haces aquí?


Y la segunda, sacada del libro mágico de las conversaciones últimas:


–Roberto, ¿estás borracho?


Roberto está borracho pero Roberto es un cliente. ¡Ah! Esos ojos de pánico, de por favor aquí no, de cómo te presentas en mi trabajo, y además así, Roberto. ¿Por qué disfruto con esto? Porque he sido un buen hombre. Porque he sido comprensivo, porque ella se ha ido y yo la he dejado marchar con mi civilización por bandera, con mi educación, con mi, quiero decirlo: con mi magnanimidad. “Aquí yace Roberto el magnánimo”, me digo, en medio de mi borrachera digna, que debería rezar mi epitafio, Roberto el Magnánimo, con mayúsculas, como un rey de los de antes. Como mi borrachera es digna y no me nubla el entendimiento comprendo que hay un abismo entre mi yo de este momento y mi yo de siempre o casi siempre, pero se trata justamente de eso. Fui civilizado, fui educado y fui magnánimo el noventa y nueve por ciento de las veces, escribiré en mi biografía. Salvo aquella tarde, en la librería.


–Ebrio, pero digno –respondo.


Ella debe ver algo en mis ojos, en mis ojos que son el espejo de mi atormentada alma, porque enseguida suaviza el tono. Me mira con pena, creo.


–Aquí no, cariño. Más tarde, cuando salga, pero aquí no.


Pero yo tengo que ser implacable, no tener piedad. El viejo Roberto o el Roberto de siempre con esa frase ya habrían trocado en docilidad su rabia, con ese “cariño”, que además no es falso, y eso es lo peor, que no es falso, que lo dice con su voz, con su boca de siempre, que nunca han tenido falsedad. ¡No te ablandes, Roberto!, me digo yo o me dice mi yo borracho.


–Estoy buscando un libro –digo.


Ella regresa a su mirada dura. Bien.


–Aquí, justamente. Porque no hay más librerías en la ciudad.


No, no hay más, ¡por supuesto que no hay más! Esta es la Única Librería, me dan ganas de decirle, de Barcelona, de Todos los Confines del Planeta, la única y la última después de la destrucción causada por una explosión nuclear. Conozco las miradas de Raquel y esta que tiene ahora oscila entre el enfado y la súplica; en cierto modo, pienso, entre el enfado y la comprensión. Así es ella, también magnánima. Está sentada, rubia, magnífica, magnética, intelectual, todo lo que siempre ha deseado el cliente de una librería, sentada con su delantal rojo en el mostrador de la entrada, y dado que es sábado y son las… ¿A ver? Las cinco de la tarde, me dice el reloj que me dio ella, naturalmente, en algún cumpleaños remoto. Pues siendo sábado y siendo las cinco lo que va a ocurrir es que el lugar se va a llenar dentro de poco. De momento hay una docena de clientes, calculo, me lo dicen los ojos que tengo en la espalda y me lo dice mi intuición, que es fina en las librerías, en esta sobre todo, que conozco mejor que nadie. Sé, por ejemplo, que la puerta que está cerrada arriba, en Teoría literaria, a la izquierda, en realidad se puede abrir con un chasquido de los dedos, o su equivalente práctico, una tarjeta de crédito, y conozco la diminuta bodega que hay detrás, diminuta y oscura, y sé por experiencia la intimidad que brinda, las posibilidades que brinda, y Raquel también lo sabe. Aunque no es precisamente un secreto. Lo saben todos los empleados.


–Sí, señorita –pongo cara de cliente–.Así es como la pierdes. Junot Díaz.


Lo sé. Qué evidente, qué fácil. Mi excusa es que estoy borracho.


–Roberto.


No es un Roberto con puntos suspensivos, suplicante. Es un:


–Roberto.


Contundente y seco, con unos ojos que empiezan a despedir rayos. Quiere decir, en raquelino, que es el idioma que habla Raquel y cuyas sutilezas sólo yo conozco, quiere decir que tiene más carácter que yo –cierto–, que no va a tolerar que monte una escena en su lugar de trabajo –ya veremos– y que de insistir en esto que estoy haciendo voy a perderla al estilo de Junot Díaz, total y definitivamente. Lo que ella no sabe –o quizás sí, porque es igualmente ducha en el robertino– es que esta tarde no se las está viendo con el civilizado y magnánimo Robertico, no señor, sino con la Bestia Desatada y Triste, que es una combinación terrible. Y además está ebria, la bestia.