Mauricio Bernal

Barcelona Literaria

Mi ‘Bartleby’ y compañía’ privado

Foto: Mauricio Bernal

Lo que recuerdo: que éramos veinticinco alumnos en el aula –una mezcla de catalanes, gente venida de otros lugares de España y americanos de ultramar– y que ese día venía a dictarnos clase Rodrigo Fresán. Era marzo o abril del año 2000. De Fresán yo había oído hablar en Colombia por boca de mi amigo y editor Luis Fernando Charry, que unos años más tarde me regalaría ‘La velocidad de las cosas’, no sólo porque era admirador suyo sino porque yo venía de publicar mi primera novela con un título similar (‘La dificultad de las cosas’). Pero ese día, en clase, no había leído nada de él. No es que me preocupara –tenía 25 años, era un despreocupado–, pero habría estado bien. De la clase no recuerdo mucho, pero lo que recuerdo basta y sobra: al final de la primera sesión, Fresán nos puso a leer ‘Bartleby y compañía’, la novela, entonces recién publicada, de Enrique Vila-Matas, y la también recientemente publicada en español ‘El secreto de Joe Gould’, de Joseph Mitchell. Nuestro cometido era llevar a cabo un ejercicio que describió de esta manera escueta: “Hagan lo que quieran”.

Mi memoria trastabilla y no sé si dijo “hagan lo que quieran” o alguna variante del tipo “hagan lo que se les ocurra” o “hagan lo que a bien tengan”, pero lo que tengo claro es que nos proponía llevar a cabo un ejercicio de libertad creativa que se correspondía poco con el riguroso espíritu de otras clases y otros profesores de aquel entonces. Es lo que ocurre cuando un escritor dicta clase en un máster de Periodismo. Como era de esperar, se alzaron voces de protesta entre algunos alumnos que demandaban instrucciones más precisas, algo concreto, pero Fresán no se movió de ahí. Hagan lo que quieran. Creo que no éramos conscientes de la suerte que teníamos. Los periodistas saben que es difícil hallar a un jefe dispuesto a otorgar semejante libertad de acción, y en realidad no sé si muchos lo desean.

Había leído tanto de Vila-Matas como de Fresán, es decir, nada. No voy a poner excusas.

Leyendo ambos libros entendí por qué el escritor argentino los había ligado. Vila-Matas había publicado una obra sobre los que había bautizado escritores del ‘no’, o, si nos atenemos al texto de contraportada de la edición original de Anagrama, sobre “la pulsión negativa o atracción por la nada” en la literatura (“la más perturbadora y atractiva tendencia de las literaturas contemporáneas”, según la editorial). Uno de los ejemplos de escritores del ‘no’ que se me quedó grabado desde entonces fue el de Juan Rulfo. Según explicaba Vila-Matas en su libro, tras el éxito de Pedro Páramo “ya no volvió Rulfo a escribir nada más en 30 años”, y contaba que “cuando le preguntaban por qué ya no escribía, el escritor mexicano solía contestar:

–Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”.
 
Mitchell, por su parte, había escrito un libro sobre Joseph Ferdinand Gould, Joe Gould, un hombre de buena familia educado en Harvard que a mediados del siglo pasado había terminado ejerciendo la mendicidad en las calles de Nueva York, y que a todo aquel que lo escuchara le decía que estaba escribiendo una obra monumental: la ‘Historia oral de nuestro tiempo’. El libro del escritor estadounidense se componía de dos crónicas que había publicado en su día la revista ‘The New Yorker’, ambas sobre Gould, primero, ‘El profesor Gaviota’, en 1942, y 22 años después, la que daba título al libro, escrita tras la muerte del personaje. En la primera, Mitchell daba la medida de la envergadura del proyecto de Gould con frases como las que siguen: “Lo empezó hace veinticinco años y no está en absoluto cerca de terminarlo”. “El trabajo ya es once veces más largo que la Biblia”. “Él estima que el manuscrito tiene unos nueve millones de palabras”. “Bien podría ser la obra inédita más voluminosa que existe”.

Unas ciento cincuenta páginas más tarde (la edición también era de Anagrama), ya en la segunda pieza, Mitchell escribía lo siguiente: “…y creo que aquel no era momento ni lugar para confiarle a uno de los más viejos amigos de Joe Gould que la ‘Historia oral’, a mi juicio, no existía. Gould ni siquiera estaba en la tumba, ni siquiera se había enfriado aún, y aquel no era momento para revelar su secreto”. En efecto, Gould también era un escritor del no, un ‘bartleby’ que durante media vida había aplicado la máxima de resistencia pasiva del famoso oficinista creado por Melville: “Preferiría no hacerlo”. ¿Figuraba la suya entre las historias de ‘bartlebys’ (Rulfo, Kafka, Walser, Rimbaud) que consignaba Vila-Matas? No. Pero sin duda representaba la quintaescencia del escritor que pugnaba por retratar, y era por eso Fresán nos había dado a leer ambos libros a la vez –y era por eso, también, que habíamos recibido ese mandato ambiguo que en realidad no lo era–.
 
Vila-Matas también fue invitado a dictar clase a aquel máster. Me imagino que sacó tiempo en medio de la promoción del libro, o que acaso lo consideró parte del trabajo. Al igual que me ocurre con la clase de Fresán, no recuerdo mucho qué nos dijo, pero sí recuerdo que nos habló de sus famosas entrevistas inventadas, hace poco publicadas en forma de libro. Los que creían en la vena literaria del periodismo lo celebraron, y los que se tomaban en serio el oficio de informar se sintieron defraudados. Lo cuento para subrayar que Vila-Matas merodeaba –y bastante– por allí. En fin. Todo esto viene a cuento porque ‘Bartleby y compañía’ ha cumplido este año un cuarto de siglo de haber sido editada. Barcelona Literaria no existía aún en febrero, mes de la publicación original, y por eso este homenaje llega a destiempo. Veinticinco años después he vuelto a leerlo y he vuelto a disfrutar de su erudición, su sentido del humor y su propuesta metaliteraria. Envejece mejor que yo. Y ya está. Fin de la historia.