Mauricio Bernal

Prosa Editada

Por ejemplo Horacio

El Peregrino Ediciones, 2016

«Un poderoso relato sobre las ilusiones y las decepciones, sobre la pérdida, sobre el impulso de escribir, pero, sobre todo, una pertinente reflexión sobre el éxito y el fracaso.» 

Emma Riverola

«Las historias se amplifican y conectan por medio de un trazado sutil en un mundo reconocible que crea y destruye estereotipos».

Édgar Blanco

Fragmento

Solía rememorar, en casa, muchos años después, durante aquellas veladas melancólicas, el día en que conoció a Lácides Romero. El director de Radio Cordillera era un hombre de unos cuarenta años que aparentaba cincuenta, educado, formal, recio, bogotano en su manera de hablar –con tendencia a estirar las vocales, a convertir las eres en zumbidos–, cuyo rasgo más sobresaliente era una imperturbable serenidad. Jamás –y era el jefe– alzaba la voz, nunca gritaba, no perdía los estribos y en general no se enfadaba, y si lo hacía, una capacidad de la que muchos dudaban, se abstenía siempre de manifestarlo. No era una pose: Lácides Romero caminaba con tranquilidad, miraba con tranquilidad, tecleaba con tranquilidad, contestaba, hablaba y colgaba el teléfono con tranquilidad, se dirigía a su secretaria y a sus subordinados con tranquilidad (y a su esposa, y a sus hijos), impartía órdenes con tranquilidad y en los momentos de crisis imponía tranquilidad, sin conceder nunca una escena de histeria o descontrol. Creía que la calma era la mejor consejera para solucionar problemas, y a los empleados que entraban como posesos en su oficina para quejarse, reclamar o lamentarse, los despachaba con su frase favorita: “Vaya, se calma y vuelve”. Le gustaba dialogar y negociar. A su don para imponer sosiego por doquier contribuía sin duda su apariencia física, porque era alto y orondo y peludo como un oso, a primera vista terrible, sobre todo cuando estaba de pie, pero luego hablaba y su voz no era la del ogro que aparentaba ser sino una bruma por la mañana, un gas que apaciguaba y al primer descuido dormía. A mi padre le cayó bien desde el primer apretón de manos.

 

–Estoy sorprendido –dijo Lácides con sinceridad, después de invitarlo a sentarse en la sala anexa a su despacho–. No pensé que fuera tan joven.

 

Mi padre no supo qué decir. Era joven, a algunos efectos un niño, y venía de provincias, y allí estaba, frente a ese coloso de ciudad, un amo de la radio que al parecer estaba dispuesto a contratarlo.

 

–Gracias –fue todo lo que dijo.

 

–Lo estoy halagando, Emeterio –dijo el coloso–. Sus guiones me parecen muy buenos. Hay que pulir algunas cosas, pero en general están muy bien. Parecen hechos por alguien con experiencia. Por eso pensé que iba a ser mayor.

 

–Oigo mucha radio –dijo mi padre, aún cohibido.

 

–Pues sí, se nota. ¿Quiere un whisky? –Lácides se levantó y cogió una botella de color cobrizo de un estante. Mi padre hasta entonces no había probado el whisky, que era un licor caro y de ricos, y en general no era un gran bebedor, con lo cual, mientras aceptaba, porque no tenía alternativa, se preguntó cómo reaccionaría su cuerpo ante la novedad.

 

–Gracias –dijo otra vez.

 

Enseguida descubrió no sólo que le gustaba el whisky, sino que necesitaba una segunda dosis para acabar de relajarse y abandonar su provinciano estado de atolondramiento, comportarse como un hombre en una entrevista de trabajo y hablar de tú a tú con Romero. Así que cuando vio que el otro acababa su copa dejó la suya, vacía, en un lugar visible, con lo que manifiestamente reclamaba ser servido de nuevo. Para entonces, su interlocutor llevaba diez minutos enfrascado en un monólogo sobre sus proyectos de futuro y llenó los dos vasos sistemáticamente y sin preguntar. Con su voz suave le habló de las historias que repetían todas las radios desde hacía casi una década, los culebrones lacrimosos que empezaban igual y terminaban igual, las fábulas cansinas de héroe y heroína que acababan juntos después de vencer la adversidad. Le explicó que aquel era un modelo agotado, y le dijo que no iba a esperar a que empezaran a caer las audiencias para cambiarlo. Mi padre, con el primer vaso y medio de whisky de su vida esparciendo euforia por su cuerpo, empezaba a escuchar, más que la concienzuda exposición de motivos del director, el discurso de entrega del Premio a la Revelación de la Radio, o a la Radionovela del Año, o al Guionista del Año: no sabía por cuál decidirse. Por primera vez lo estaba empapando la embriaguez de la victoria, porque, con whisky o sin él, eso era lo que estaba escenificando Lácides en la sala anexa de su despacho: un reconocimiento a su talento, a su trabajo y a todos los años que llevaba escuchando la radio. Aquel momento magnífico llegó a su cima cuando el coloso, justo después de servir el tercer whisky, le explicó la razón por la cual había decidido llamarlo: no sólo porque sabía escribir guiones, y porque conocía los códigos y ritmos de la radio, y porque sabía contar e imaginar historias; todo eso estaba muy bien, pero había guionistas a patadas con las mismas facultades. Lo había citado, dijo, porque creía que había dado con la tecla justa para refrescar el modelo; porque tenía nuevas historias, y sabía contarlas de otro modo; y porque podía dar al público argumentos distintos para permanecer allí, junto a la radio, a la escucha.

 

Miel en sus oídos. Guionista del Año.

 

–¿Y sabe qué, Emeterio? –dijo Lácides–. Realmente no me extraña que sea tan joven. Si uno lo piensa bien… Lo raro es que hubiera tenido mi edad.

 

Mi padre jamás se había visto como un renovador del género, y no había escrito nunca pensando en ser original sino en complacerse a sí mismo, como escritor y como oyente, o potencial oyente, pero en ese momento no tuvo la disposición necesaria para dedicar unos segundos de reflexión a las palabras de Lácides. Casi había terminado su tercer whisky y la euforia y el confort iniciales habían dado paso a un malestar creciente, con lo cual no pudo responder con una brillante exposición sobre su brillante manera de entender las radionovelas sino que abruptamente se levantó, casi de un salto; iba a decir algo, a disculparse, pero no pudo. Apenas tuvo tiempo de abandonar corriendo el despacho, empujar la puerta del baño más cercano, arrodillarse al pie del inodoro y vomitar. Fue lamentable. Una deforme y nauseabunda mezcla de arroz, whisky y lentejas fue la primera huella que dejó en la radio.