«Entre los autores colombianos, puede ser la novela del año. Bernal es uno de los escritores más serios e interesantes que hay hoy en día».
Juan David Correa
«No deben leer’ Tácticas contra el tedio’ los decididamente románticos; los que creen que masturbarse es un pecado; los que rechazan lo que no es realismo craso; los que no tienen sentido del humor; los que reverencian las instituciones; los que sienten nostalgia de haber sido ‘boy scouts’ u orgullo de haberlo sido».
Piedad Bonnett
«La maestría de Mauricio consiste, a mi modo de ver, en hacer una disección del aburrimiento sin aburrir al lector. La historia tiene giros inesperados y un humor negro que hace de la lectura una sorpresa agradable y perturbadora.»
Adriana Villegas
En qué momento cuelga el teléfono, con qué palabras se despide de Universo, cómo llega hasta la puerta y baja las escaleras y desemboca en la calle, qué parte de su cerebro utiliza para orientar sus pasos por el pueblo, llegar hasta las puertas de su edificio, subir al tercer piso y hacer girar con sigilo la llave de la puerta: es incapaz de recordar nada. De repente se descubre sacando la maleta del armario y metiendo sin criterio pantalones, camisas, medias, calzoncillos, vaciando como un autómata el ropero, tomando del baño los productos básicos, corriendo las cremalleras y haciendo del abandono de hogar un acto libre de dramatismo: ni siquiera se toma la molestia de echar un último vistazo, una teatral mirada a los recintos donde ha transcurrido la mayor parte de su vida, y dado que el único motor de sus movimientos es la fuga, y dado que la fuga debe ser limpia y sin obstáculos, una vez que ha cerrado la puerta detrás suyo decide que lo mejor que puede hacer, para evitar encuentros, para esquivar obstáculos, es abandonar el edificio por el garaje. Sólo cuando se ve a sí mismo en la calle, con una maleta en la mano, sin saber qué rumbo tomar, comprende que desde el instante mismo en que la voz de Luciano pronunció aquella cifra estrambótica su cabeza ha estado dividida en dos, tal vez su corazón, y que si bien la fuerza dominante es la que lo empuja hacia la huida también hay una voz diminuta que se ha empeñado en ignorar: una que le recuerda a Valeria, y a Alberto, y a la criatura, y sobre todo a Casilda, que muy pronto recibirá la noticia de que su padre se ha marchado en el peor momento. Pero sigue siendo una voz diminuta. El azar le tiende la mano y por una vez puede darse el lujo de pensar sólo en sí mismo. Ya habrá tiempo para el remordimiento. Plenamente convencido de estar haciendo lo correcto –y si no lo correcto, lo más coherente con su forma de pensar, con sus angustias–, Santiago para un taxi, sube a toda velocidad y balbucea la dirección del bar de Amelia.
Algo. Claro que estaba esperando algo, anhelándolo como un niño, pero ahora que ese algo se presenta como un premio de lotería no puede evitar sentirse extraño. Su vida está a punto de dar un giro gracias a un vulgar sorteo. Sus anhelos eran abstractos y etéreos, pero de todos los poderes a los que hubiera encomendado su redención probablemente el último en el que habría pensado sería el poder del dinero. Ahora resulta que su esperanza se basa en el aumento de su capacidad de adquisición. ¿Eso era todo? ¿Así de mundana es su salvación? Pero no quiere pensar en eso. No quiere pensar en nada. Por la ventanilla del taxi se dedica a contemplar el paisaje de edificios de color ladrillo construidos en los últimos terrenos urbanizables del pueblo, pensando con agrado en que su lóbrega monotonía no es más que una metáfora del mundo que se dispone a abandonar. El taxista tararea la canción de la radio y Santiago agradece para sus adentros que no sea de los que se dedican a entablar conversación. No está ni excitado ni nervioso, ni asustado, y el único sentimiento que se permite saborear con deleite es el alivio.