Foto: Mauricio Bernal
–¿Y ya? ¿Eso es todo? –le digo yo, hace seis semanas, sentado en esta misma silla y ella sentada en esa silla, enfrente, donde ahora no hay nadie–. ¿No podemos hablar?
Y ella hace ese gesto de paciencia, el enésimo, o el número seiscientos treinta y siete de los últimos dos meses, porque hablar es casi estrictamente lo que hemos hecho desde que tenemos memoria, desde que sabemos que nuestros días están contados. Lleva tres días durmiendo en casa de una amiga y sé que esta es la última mesa y la última terraza y que este es el último café, sé que ha venido para no alargarlo más, para frenar este inútil, interminable, agotador derramamiento de palabras, pero porque es ella y porque sabe que esta última prolongación la necesito me concede el resumen final de motivos, poniendo especial énfasis –porque es así, y sabe que lo necesito– en subrayar que no, que no es culpa de nadie, que las cosas se acaban, que los amores y las parejas también. Y a pesar de toda su buena voluntad y de mis constantes interrupciones (“¿por qué?”, “¿por qué?”, “¿por qué?”), al resumen lo aplasta su propio peso, que es el de la reiteración, la repetición, lo que ya está dicho, el peso que lastra una charla donde no hay nada que agregar. Se agotan los porqués, se agota el resumen, se agotan los cafés y de repente está de pie, con las manos cruzadas por delante, toda ella una invitación implícita a que me levante, a que me despida, y sé perfectamente que debería levantarme, y abrazarla, pero lo que ella no sabe es cuánto me pesa esta derrota, cómo me atornilla a la silla y me roba la voluntad, cualquier opción de movimiento, así que los siguientes segundos son incómodos porque ella espera y yo no hago nada, ni un gesto, ni un movimiento, y cuando entiende que el final será así, ella de pie y yo sentado, ella, que no entiende de orgullo pero sí entiende de mí, se permite estirar el brazo y ponerme la mano en la mejilla, y despedirse así, con una caricia, y al mismo tiempo un adiós que es otra caricia, y que es definitivo y le sale con llanto. Y se marcha. Y entre todos los pensamientos que me asaltan enseguida y todas las preguntas que me hago empiezo a sentir que ya no pertenezco a esta silla ni a esta terraza ni a esta calle, que esta ciudad y todo lo que me rodea y toda la gente que mira vitrinas me resultan irremediablemente ajenos, que estoy de nuevo lejos de todo, solo y aislado, que la tierra que pisaba era ella y que qué estoy haciendo aquí.