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Mauricio Bernal

El Cuentista

El Hombre Macilento

(Inédito)

Le llamo hombre macilento por razones obvias, aunque debería escribirlo con mayúsculas, Hombre Macilento, teniendo en cuenta la relevancia que ha conquistado con el tiempo. Calculo que me lo encuentro una vez al mes. Al principio pensaba que así como yo debía tener cara de dirigirme al trabajo –la cara de una persona que va hacia un lugar donde no quiere estar–, asimismo él tenía aspecto de venir del suyo –en su caso, la cara de alguien que viene de pasar unas horas en el infierno–, pero después de cruzarme con él varias veces llegué a la conclusión de que el gesto derrotado lo debe tener todo el tiempo, y que ser un sujeto cansado es uno de los rasgos característicos del Hombre Macilento. No sé si se ha fijado en mí: lo único que sé es que jamás hemos cruzado miradas. Él arrastra ese gesto que es mitad derrota y mitad impotencia y siempre parece que fuera rumiando algo, como esas personas que han perdido el pudor, el temor a ser tomados por locos, y hablan entre dientes todo el tiempo. Pero, aunque no rumiara, su manera melancólica de andar ya es una queja contra la vida. En mi parnaso particular de grandes héroes es el paradigma del hombre aniquilado. Todo él es la expresión del peso de existir, y me lo imagino llegando a un hogar en el que no encaja, donde los niños gritan y hacen ruido y su mujer se lamenta por todo, pero especialmente por haberse casado con un tipo como él, de antemano derrotado, el Hombre Macilento.

 

A veces suscribo la teoría de que viene de trabajar. Sé de funcionarios que acaban su jornada a esa hora del día, cuando otros empiezan, y ser funcionario es algo que encaja en la melancolía vital del Hombre Macilento. Si viene de trabajar, debemos ser vecinos, y si va a trabajar, quiere decir que también somos vecinos, pero de otra manera. Es un oficinista, no puede ser otra cosa. Es demasiado pálido (o demasiado amarillo, según el día) como para dedicarse a algo que no ocurra bajo un techo bajo y unas luces de neón. Su manera de vestir es digna de alguien apodado el Hombre Macilento, anodina, sin intención, como si un infausto día hubiera entrado en unos almacenes baratos y escogido la ropa a peso, o sin pensar, llenando un carrito con las prendas en promoción de la sección de caballeros. Nunca le he visto sin la compañía de una cartera de cuero negro que carga bajo el brazo, vieja y gastada, coherente con su manera de ser. Tiene el pelo rubio y escaso y unas pocas pecas bajo los ojos. La gran paradoja –y lo que resulta fascinante en el Hombre Macilento– es que es un ser humano diseñado para pasar desapercibido, un hombre gris, pero su grisura es tan clamorosa que es imposible no fijarse en él.