«A lo mejor lo mejor es no tratar de acercarse demasiado a esta gente aparentemente tan brillante que tanto idolatra uno, a lo mejor en la distancia corta pueden ser repugnantes… o lo que puede ser peor: aburren, pierden su trascendencia, muestran toda su finitud y la acusada falta de gracia de esta realidad».
Luis Benvenuty
«Una postura, por no decir un pronunciamiento, francamente contracultural y antisistema, el de Gruchoski».
Ramon Vendrell
«Gruchoski veía más allá: ganar -pensaba- sólo valía la pena si al transitar el camino hacia la victoria se desplegaba belleza».
Martín Franco
Buena parte de lo que he contado hasta aquí se lo debemos a Sándor, un gruchoski entusiasta y erudito como nosotros. Fue él quien nos ayudó a pulir la biografía de Gruchoski y a corregir los datos erróneos. Viajaba con frecuencia a Hungría a ver a su familia y volvía con información gruchoskiana que nos regalaba con orgullo, casi siempre recortes de periódicos y revistas que acompañaba con la debida traducción. Respetaba nuestro empeño. La única razón por la que no estaba allí ese día, en el Gran Patriarca, era porque unos meses antes había sido trasladado a la legación húngara en Arequipa, pero lo cierto es que desde que trabamos amistad con él hasta que tuvo que irse a Perú fue un gruchoski más: jugaba con nosotros, asistía gustoso a las veladas gruchoskianas y se emocionaba tanto como nosotros con las Jugadas C, B y A. Tenía cerca de cuarenta cuando nosotros andábamos por los treinta, pero las diferencias de edad, entre gruchoskis, carecen de importancia. Era un excelente jugador, y los días en que estaba inspirado era capaz de imitar algunas Jugadas C. Pero, naturalmente, a estas alturas es evidente que su mayor aportación a nuestro grupo fue Sofía. Fue él quien nos la presentó.
Gonzalo, Rodrigo y yo formábamos el núcleo original de los gruchoskis. Sofía apareció después, de la mano de Sándor. Cuando digo de la mano no estoy empleando la figura retórica. La tenía cogida de la mano, literalmente, un día que nos habíamos citado en el Taco Bola Tres para jugar. Recuerdo el día. La noche. Estábamos estupefactos. Con respecto a la presencia de mujeres en el billar (en la mesa de billar, en los locales donde se jugaba billar y en el mundo del billar en general) había algo tácito, ni siquiera una regla, más bien un concepto, que las mantenía a raya. Nuestras novias (cuando habíamos tenido) no jugaban billar, no acudían al billar y en algunos casos despreciaban el billar: lo tenían por una excusa para desmarcarnos con los amigos. A eso hay que sumar el panorama en los locales que frecuentábamos, donde la proporción entre hombres y mujeres era de cincuenta a una. A veces, esa solitaria mujer era la mesera. Sé que en otros países es distinto. En el nuestro era así. A lo que iba: llega nuestro amigo, más que eso, nuestro gruchoski Sándor. De su mano derecha venía prendida Sofía. Fue su primera entrada poética, aunque entonces no lo formulara así. Tenía presencia, hay personas que la tienen, que entran en los sitios y se hacen notar, sin hacer nada, y Sofía era de esas. Pero el efecto duró diez segundos, hasta que abrió la boca. Su primera frase, un segundo antes de que Sándor nos la presentara, mientras caminaban juntos hacia la mesa, fue:
—Pero si son jovencitos…
Era un comentario extemporáneo, además viniendo de ella, que a la vista saltaba que tenía más o menos nuestra edad. Si Sándor hubiera aparecido con una cuarentona de su edad, vaya y venga. Luego resultó que era entre dos y tres años mayor que nosotros, pero no era una diferencia que justificara esa entrada. Además, no lo dijo en voz baja, murmurado al oído de Sándor, como habría hecho cualquiera, sino a un volumen normal, y todos lo oímos.
—Muchachos. Les presento a mi novia, Sofía.
Había varios elementos chocantes que se superponían: una mujer en un billar, una mujer altanera que nos trataba de jovencitos y el hecho de que esa mujer era la novia de un Sándor que, por lo que sabíamos, estaba casado. No digo que nos rasgáramos las vestiduras, pero hasta entonces no nos había parecido que fuera esa clase de persona. Novia, ni siquiera amante. En cualquier caso, a mí me retumbaba lo de jovencitos. Sin duda, su entrada me distrajo de contemplar su belleza extraña, sus ojos grandes y curiosos, su colorido, su alegría.
Su extraordinaria, torrencial y tumultuosa melena roja.
—Jovencitos ¿oíste? —dije en voz alta, dirigiéndome a Gonzalo.
—Sí, pero no te lo tomes a mal, bonito —dijo ella—. Pensé que eran como Sándor.
Me pareció que esa frase aludía a algo más que a la diferencia de edad, que aludía a la hombría, así que fue peor, aunque era evidente que no intentaba corregir su entrada, ni siquiera caer bien. La condescendencia implícita en el uso de ese «bonito» no se me escapó. Qué presencia, qué entrada poética y qué vocación para caer mal en menos de un minuto.